En serio, ¿Alguna vez te has hecho esta pregunta? Yo si me la hice por muchísimos años. Y la repetía una y otra vez.
¿En qué momento dejé de escucharme tanto, que ya ni siquiera sé qué me gusta, qué sueño o qué quiero?
Y no me pasó de un día para otro…. No. Normalmente nos pasa cuando empezamos a ser la buena hija. La buena mamá. La esposa dedicada y presente. La buena empleada. La amiga que siempre está. La que todo lo resuelve.
Y de tanto intentar ser buena para todo el mundo… un día te das cuenta de que hace rato dejaste de ser buena contigo.
Y ojo…
No estoy diciendo que amar a los demás esté mal. Lo que está mal es desaparecer mientras amas.
Porque hay mujeres que llevan años cuidando a todo el mundo… menos a la única persona con la que van a vivir toda la vida: ellas mismas.
Y entonces llegan con muchas preguntas a sesión:
«Joha, es que siento un vacío.»
“Joha, ya no sé qué quiero, no me hallo.»
«Joha, perdí la motivación.»
Y casi siempre les respondo lo mismo.
No creo que hayas perdido la motivación. Creo que te perdiste a ti.
Y cuando una mujer se pierde de sí misma, empieza a vivir en automático.
Se levanta. Cumple. Responde mensajes. Trabaja. Hace mercado.
Sonríe siempre aunque esté rota. Pero por dentro… hace rato dejó de sentirse viva.
Qué duro es eso, ¿verdad?.
¿Sabes cuál es la buena noticia?
Que nunca es tarde para regresar.
Porque Dios tiene una costumbre hermosa… Él no te recuerda por los personajes que interpretaste o los roles que representas. Él siempre te llama por tu verdadera identidad. Esa identidad que te dio Él mismo, desde el mismo momento de tu nacimiento.
Por eso creo que el propósito no se fabrica. Se recuerda. Y quizá hoy no necesitas hacer un curso más, leer otro libro o llenar otra agenda de cosas por cumplir. Quizá lo único que necesitas es sentarte cinco minutos contigo. Sin el celular. Sin ruido.
Sin querer resolverle la vida a nadie…. Escucharte y hacerte una pregunta muy sencilla…
¿Cómo está mi corazón?
Porque ahí empieza todo.
Y cuando vuelves a escucharte… vuelve la claridad. Cuando vuelve la claridad… vuelven las decisiones. Y cuando vuelves a decidir desde quien realmente eres… la vida cambia. No te puedo decir que cambie de un día para otro, pero sí para siempre.
Por fortuna, nunca es tarde para volver a empezar. Podemos empezar de nuevo una y otra vez.
Hay personas que creen que ya es demasiado tarde. Porque tienen 40 años. Porque tienen 50. Porque ya se separaron. Porque quebraron. Porque sus hijos crecieron. Porque dejaron pasar muchos años. Porque sienten que el tren ya pasó.
Y yo quiero decirte algo con la mano en el corazón…
La vida no funciona con un reloj. Funciona con intenciones y con decisiones.
Nunca he conocido a alguien que transforme su vida porque llegó «a tiempo».
He conocido personas que la transformaron porque un día, simplemente, decidieron dejar de aplazarla y tuvieron la valentía de continuar cuando estaban a punto de romper en mil pedazos.
Empezar de nuevo da miedo. ¡Claro que da miedo!. Da miedo cambiar de trabajo.
Da miedo terminar una relación que ya no te permite crecer. Da miedo emprender.
Da miedo volver a estudiar. Da miedo enamorarte otra vez. Da miedo creer otra vez en ti.
Pero ¿sabes qué da más miedo? Mirar hacia atrás dentro de diez años y darte cuenta de que pudiste haber empezado hoy… y no lo hiciste.
A veces creemos que volver a empezar significa borrar el pasado. Y no mi corazón…
Volver a empezar es tomar todo lo vivido, incluso las heridas, los errores y las lágrimas, y convertirlos en el punto de partida de una versión más consciente de ti.
Porque nadie empieza desde cero. Empezamos desde la experiencia. Empezamos desde lo aprendido. Empezamos con más cicatrices, sí… pero también con más sabiduría… y eso ya es suficiente material para construir una nueva y mejor versión de ti.
La vida siempre nos da nuevas oportunidades. El problema es que muchas veces seguimos mirando la puerta que se cerró, mientras Dios ya abrió otra frente a nosotros y muchas veces estamos tan abrumados que simplemente no la abrimos o pasamos de largo sin siquiera tocar.
Y esa puerta nueva casi siempre tiene una condición:
Que te atrevas a soltar la historia que llevas años contándote. Esa que dice que ya es tarde. Que ya no puedes. Que ya no tienes la edad. Que ya no eres capaz.
¿Y si esa historia no fuera verdad?
¿Y si lo único que necesitas es tomar la decisión que vienes posponiendo hace meses… o quizá hace años?
Corazón: Nunca es tarde para reconciliarte contigo.
Nunca es tarde para pedir perdón.
Nunca es tarde para empezar a cuidar tu cuerpo.
Nunca es tarde para volver a estudiar.
Nunca es tarde para emprender.
Nunca es tarde para construir una relación sana.
Nunca es tarde para descubrir tu propósito.
Y nunca será tarde para convertirte en la persona que Dios soñó cuando pensó en ti.
No importa cuántas veces la vida te haya obligado a comenzar de nuevo.
Lo importante es que no permitas que una caída se convierta en el lugar donde decidas quedarte.
Respira…
Sacúdete el polvo…
Mira hacia adelante…
Y vuelve a empezar. Las veces que sean necesarias.
Porque mientras haya vida… siempre habrá una nueva oportunidad para escribir un capítulo diferente.
La mayoría de las veces tu propósito no se revela cuando todo va bien… llega cuando todo se rompe y la vida te incomoda. Muchas veces cuando tú no tomas decisiones, la vida sí las toma por ti y te saca de tu zona de confort para revelarte de forma obligada eso que llevas años ocultando, pero que talvez, muchas veces la escuchabas como una voz susurrando en tu interior. Y Quizás por el ruido externo, la tenías silenciada.
Hay una pregunta que me hacen con mucha frecuencia en mis sesiones de mentoría.
«Joha, ¿cómo descubro mi propósito?»
Y aunque cada historia es diferente, he encontrado algo que se repite una y otra vez.
Muchas personas no descubren su propósito en la cima. Lo descubren en el valle. Lo descubren después de una pérdida. Después de una enfermedad. Después de una quiebra. Después de un divorcio. Después de quedarse sin trabajo. Después de tocar un fondo que jamás imaginaron. Y al principio eso duele. Porque cuando estás atravesando una crisis, lo único que quieres es salir de ella.
En ese momento no estás pensando en propósito. Estás pensando en sobrevivir.
Pero con el paso del tiempo empiezas a mirar hacia atrás y entiendes algo que antes era imposible ver en medio de tu crisis o de tu noche oscura del alma.
Aquello que sentías que venía a destruirte… en realidad venía a despertarte.
Porque las crisis tienen una manera muy particular de hablarnos. Nos obligan a detenernos. Nos confrontan. Nos despojan de todo aquello con lo que construimos nuestra identidad.
Y entonces aparece la gran pregunta:
Si ya no soy ese cargo, ese negocio, esa relación o esa versión de mí… ¿quién soy realmente?
Y es ahí donde comienza el verdadero viaje.
No el viaje hacia el éxito… El viaje hacia la identidad.
Porque muchas veces Dios permite que algunas estructuras se caigan, no para castigarte, sino para que dejes de construir tu vida sobre aquello que nunca fue el fundamento.
He visto personas convertir su dolor en servicio. Su duelo en esperanza. Su historia en un mensaje que hoy salva a otros. Y entonces entiendes que el propósito no consiste en evitar las heridas. Consiste en decidir qué vas a hacer con ellas.
Hay cicatrices que solo sirven para recordarte lo que viviste. Pero hay otras que se convierten en un puente para que alguien más encuentre esperanza.
Quizá hoy estés viviendo una temporada que no entiendes. Y no voy a decirte que disfrutes el dolor. El dolor duele… las pérdidas duelen… las despedidas duelen.
Pero también creo que, cuando decides atravesarlas con fe, humildad y un corazón dispuesto a aprender, pueden convertirse en el lugar donde descubres una versión de ti que nunca habría nacido de otra manera.
Tal vez hoy sientas que todo se está derrumbando.
¿Y si no fuera el final?
¿Y si Dios estuviera haciendo espacio para algo que aún no alcanzas a ver?
No desperdicies la crisis preguntándote únicamente:
«¿Por qué me pasó esto?»
Atrévete a hacer una pregunta diferente.
«¿Qué quiere formar Dios en mí a través de esto?»
Porque muchas veces, cuando una etapa termina, no es porque tu historia se acabó.
Es porque tu propósito apenas está comenzando.
Bienvenido al Arte de volver a ti.
Con cariño,
Joha González
A todo sí, con el corazón.
